La tesis fundamental de Martínez Peinado es que la cooperación al desarrollo es parte de la perpetuación de la dicotomía Centro/Periferia -siempre que ésta no sea antisistémica-, puesto que su dimensión objetiva forma parte de la estructura económica mundial, reproduciendo las leyes de la acumulación de capital: desarrollo desigual, explotación y polarización.
Para el FMI y el BM la finalidad de la cooperación es trabajar para el desarrollo del capitalismo, a pesar de que éste no pueda ser sino periférico, extravertido y dependiente. Efectivamente, el capitalismo global genera un doble mecanismo de inclusión y exclusión, que determina el papel de la cooperación. Así en las regiones geográficas que puedan ser incluidas (semi-periferias), se realizará una cooperación para el desarrollo económico que permita a los Estados-nación entrar en el capitalismo global; mientras que en las regiones excluidas, la cooperación se reducirá a un papel de ayuda asistencial para el cumplimiento de los Objetivos del Milenio.
Existe una cooperación alternativa al amparo del concepto de desarrollo humano elaborado por Amartya Sen. Sin embargo, Martínez Peinado duda acerca de la radicalidad de este paradigma al encontrarse preso de la medición en indicadores y ser demasiado confuso. Es más, a juicio de este profesor “si el desarrollo humano tiene que darse en el contexto capitalista, y por otra parte pretende centrarse en las personas, encubre una antinomia conceptual, porque no es posible un desarrollo tal en un desarrollo alienador”. Esta interpretación sistémica del desarrollo humano nos conduce necesariamente a tener que replantearnos la estructura económica y buscar alternativas al capitalismo para poder llevar a cabo plenamente el paradigma de desarrollo humano. En definitiva, ejecutar programas o proyectos de cooperación sin una superestructura que asegure y salvaguarde que las capacidades y oportunidades de las personas están en el centro del sistema, es condenar al desarrollo humano a ámbitos “micro” e incluso reducirlo a una misión de carácter asistencial que alivie a determinadas personas del sufrimiento de las consecuencias perniciosas de la dicotomía intrínseca al sistema.
Martínez Peinado encuentra que la desigualdad es la razón fundamental de la existencia de la cooperación. En este sentido, articula las teorías sobre el (sub)desarrollo, que amparan dos argumentos “ortodoxos” sobre la necesidad de la cooperación: (i) La versión neoclásica o neoliberal, que encuentra que son los factores endógenos de los países subdesarrollados la causa de la desigualdad, de ahí que deba actuarse exógenamente desde el Centro para que se desarrollen. Esta versión del proceso de modernización capitalista tuvo una clara plasmación práctica con los planes de ajuste estructural de los años 80-90. (ii) La versión neokeynesiana o socialdemócrata, que parte de la misma concepción, pero con una visión más proclive a superar planificadamente los obstáculos del capitalismo y subsanar sus efectos negativos. Es indudable que éstos fueron los orígenes que ampararon la cooperación al desarrollo y que ésta ha de encontrar su propio sentido desde un enfoque más global o una visión más sistémica.
Otro punto clave es la financiación de la cooperación. Ésta puede proceder de fondos públicos, de los que existe una gran dependencia; o privada, que pueden tener dos orígenes: (i) Rentas del capital, que sería el equivalente a la caridad. (ii) Rentas del trabajo, que supondría una redistribución solidaria, sometida a límites cuantitativos y cualitativos, como son: a) la capacidad de compra de los trabajadores del Centro; b) la política monetaria y crediticia de los gobiernos; c) los canales de distribución de mercancías y dinero; y d) la homogeneización y estandarización de los valores de uso de las mercancías globales. Tal vez una fuente intermedia sea la que exija a la renta del capital una contribución ex lege, superando la voluntariedad de la caridad y regulando la especulación. Este tipo de iniciativas antisistémicas las encontramos por ejemplo en la organización ATTAC que promueve la aplicación de la tasa Tobin y que se encuentran más vinculadas a la justicia económica global.
Otra cuestión a tratar es la finalidad de la cooperación. La cooperación sistémica trata de mejorar el funcionamiento del modo de producción, distribución, circulación y consumo del capitalismo periférico, o bien de paliar sus efectos, lo que implica un avance en la integración global. Es aquí donde se producen las feroces críticas desde pensadores de izquierdas, puesto que cabe plantearse que si se reduce el impacto negativo del sistema capitalista mundial, se contribuye con la desactivación de la capacidad de movilización de las personas. No obstante, ésta puede ser una hipótesis válida, pero también podemos encontrar que a través de la cooperación puede trabajarse por el fortalecimiento institucional y la capacidad de organización de la población.
A pesar de todas las debilidades comentadas de la cooperación al desarrollo, cabe la posibilidad de realizar una cooperación antisistémica que sea “como los sindicatos a la lucha o conflicto entre las clases sociales del capitalismo”.
Esta cooperación antisistémica debe estar orientada hacia la desconexión, buscando el autocentramiento frente a la extraversión. Se trataría de ir directamente a la estructura Centro-Periferia para conseguir transformar las estructuras sistémicas. Ejemplos concretos de este tipo de cooperación podrían ser la actuación de apoyo a Gobiernos de la Periferia, asesoramiento de ONGD en organismos internacionales como la OMC, asistencia jurídica en relación con la deuda ilegítima.
La cooperación antisistémica debe respetar la autonomía cultural sobre la base de contextualizar la ideología universalista en el anticapitalismo. Asimismo, ha de tenerse en cuenta que los discursos abstractos (democracia, derechos humanos, ecología) sólo adquieren su pleno sentido esgrimidos contra la estructura capitalista que los reprime. Por otra parte, la cooperación para un desarrollo no capitalista periférico debe ser un desarrollo para y por las clases populares, no un desarrollo de la base económica capitalista.
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