Antonio Rodríguez-Carmona: “Pocas ONG se atreven a cuestionar su rol en el desarrollo de los países pobres”
Rodríguez-Carmona es doctor en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad
Complutense de Madrid. Ha dedicado gran parte de su trayectoria profesional a la cooperación
al desarrollo en Bolivia, como coordinador de proyectos de ONG, investigador, consultor y
evaluador. Es autor de El proyectorado, donde sostiene que la concesión de ayuda, la
principal respuesta del Norte al problema de la pobreza en el Sur, ha socavado la
institucionalidad de los países empobrecidos agudizando su dependencia externa. Y pone a
Bolivia como mejor ejemplo para ilustrar este fenómeno.
Cuéntenos un poco sobre la génesis del libro: ¿cómo nació la idea de hacer un libro
sobre la cooperación para el desarrollo en Bolivia? ¿Cómo surgió esta relación tan
estrecha con el país latinoamericano?
La idea surgió tras más de ocho años como cooperante en Bolivia, un periodo en el que el país
cambió radicalmente. Cuando llegué, estaba en el poder Hugo Banzer. Luego, tras la Guerra
del Gas, en octubre de 2003, asumió Carlos Mesa. Finalmente, Evo Morales ganó las
elecciones de 2005. En todos esos años, me fue cambiando la mirada. Fui viendo cosas que, al
principio, no percibía. Por ejemplo, la estructura social de las comunidades, la lógica de la
reciprocidad andina, la dignidad que subyace en muchas muestras de pobreza.
Empecé también a ser más consciente del papel que la cooperación desempeñaba realmente
en el país, de los errores repetidos una y mil veces, de los proyectos convertidos en “elefantes
blancos”, de los informes que rinden cuentas de actividades realizadas pero no son capaces de
probar resultados reales, de la montaña de cosas que no se cuentan.
Y tuve la sensación de que los proyectos de cooperación eran no más “parches”, que no
arreglan los problemas de fondo, pero mantienen todo un sistema de pegas (empleos) de
coordinadores, contables, técnicos de campo, evaluadores, consultores. El cooperante
extranjero goza además de múltiples privilegios en Bolivia en medio de la pobreza. Al final, uno
se pregunta: ¿Quién es el principal “beneficiario” de la ayuda? ¿Ellos o nosotros? Inevitable
compartir estas inquietudes con los colegas de profesión.
Cuando estalló la Guerra del Gas en octubre de 2003, participé en las marchas como un vecino
más de Sopocachi, el barrio donde vivía en La Paz. Salimos a la calle para protestar por la
represión del gobierno de Sánchez de Lozada, por los más de sesenta muertos, y sentí que,
por primera vez, estaba haciendo algo de verdad por cambiar las injusticias estructurales del
país. Es decir, el problema de la pobreza es un asunto más bien político y no tan técnico como
creí al llegar en 1998. Entonces, ¿cuál debería ser el papel de la cooperación? Creo que el
libro sistematiza muchas de esas charlas y reflexiones compartidas con varios compañeros en
La Paz.
En su libro afirma que la ayuda para el desarrollo fomentó la dependencia y una
gobernabilidad débil en Bolivia hasta mediados de esta década. ¿Percibe una autocrítica
de las ONG al respecto?
Creo que las ONG y los cooperantes son conscientes de las enormes limitaciones que tiene su
trabajo. Todos. Lo que varía es la actitud ante esa realidad y la capacidad de autocrítica. Hay
chavales jóvenes que llegan con buenas intenciones y cometen errores sin darse cuenta. Hay
veteranos que saben mucho y aprovechan el margen para apoyar procesos interesantes.
Pero también hay cooperantes prepotentes que refugian su inseguridad en el poder formal del
marco lógico. Nunca reconocerán sus errores. Otros trabajan como mercenarios, saltando de
un país a otro, sin un compromiso con la realidad. Cuando pasan los años y ves con tus ojos
que la cooperación no cambia las cosas, es muy fácil caer en el conformismo o incluso en
cinismo.
Hay de todo, pero predomina un tipo de cooperante-funcionario, que prefiere no hacerse
demasiadas preguntas. Porque si uno se cuestiona las cosas, se plantea seriamente dejar la
cooperación.
A nivel institucional, las ONG tienen aún menos margen de autocrítica. Criticar el sistema de la
cooperación significa cuestionar la máquina de hacer proyectos y apalancar fondos para
subsistir. Más madera, como dirían los hermanos Marx. Son pocas las ONG que tienen la
valentía de cuestionar su rol en el desarrollo de los países pobres, o de plantear relaciones
horizontales con sus contrapartes. De reconocer, por ejemplo, que han sustituido al Estado en
la prestación de servicios básicos. O que han creado estructuras paralelas que deterioraron los
gobiernos municipales.
Más fácil resulta defender el discurso de que, gracias a ellas, las poblaciones rurales y
marginales cuentan con agua potable o posta sanitaria. ¿Pero qué pasa cuando el proyecto se
va? ¿Por qué nunca se cuenta esa parte? Si no hay institucionalidad pública del Estado,
¿cómo se mantienen? El poder de las ONG reside en la intermediación, y no es tan fácil
ponerse al servicio de las necesidades y procesos de las instituciones locales. Creo que
muchas ONG están atrapadas en la trampa de la supervivencia. Por no decir la mayoría. No
hay que olvidar que el proceso de cambio ha sido protagonizado en Bolivia por los movimientos
sociales. Las ONG han ido a remolque del proceso.
En su libro se desprende que el trabajo de las ONG ha sido muy funcional a los
gobiernos neoliberales anteriores a Morales, ¿Cuál cree que es la percepción que tiene
el gobierno actual sobre la labor de las ONG en Bolivia?
Desde que Evo Morales llegó al poder, la relación del país con la cooperación ha cambiado. El
discurso anti-neoliberal y descolonizador del Movimiento al Socialismo (MAS) sumió en el
temor y la incertidumbre a muchas agencias de cooperación bilateral ¿Afectaba ese discurso
también a las ONG? ¿Eran las ONG parte del problema o parte de la solución a la pobreza?
Hubo un debate muy intenso en el seno del gobierno entre partidarios y detractores de las
ONG.
Al final, triunfó la vía pragmática que las consideró organizaciones que podían ser también
instrumentalizadas, reconducidas, por el proceso de cambio. De hecho, varios de los miembros
del actual gabinete proceden de CEJIS, una ONG especializada en temas de tierra y territorio.
Pero no se puede hablar de las ONG como un todo. Las ONG que desempeñan un trabajo
político de acompañamiento de movimientos sociales han tenido un papel importante con este
gobierno, en temas como asamblea constituyente, tierra y territorio, defensa de recursos
naturales (hidrocarburos, agua, bosques, biodiversidad), organizaciones indígenas. Las ONG
vinculadas a fondos norteamericanos que han apoyado un trabajo de oposición ideológica,
fortaleciendo los intereses políticos de los dirigentes de la Media Luna, han sido muy
cuestionadas por el gobierno e incluso expulsadas de sus áreas de intervención. Ahí están los
dos extremos.
¿Y cuál es la percepción actual de la sociedad civil boliviana sobre las ONG?
Lo primero que habría que preguntarse es qué es sociedad civil. Tengo la sensación de que no
es un concepto que se use en Bolivia. Si hablamos mejor de movimientos sociales, ellos ven a
las ONG como un mal necesario. Una importante fuente de ingresos, capaz de cooptar a
líderes o de convertirlos en funcionarios desligados de las bases. De algún modo, eso ha
podido pasar en organizaciones como la Central de Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) o
la Comisión de Integración de Organizaciones Económicas Campesinas de Bolivia (CIOEC-B),
entre otras. Siguen cumpliendo un rol político, pero sus estructuras se han “oenegizado”.
Si hablamos de sociedad civil desde la óptica de la clase media, entonces las ONG (y a la
cooperación en general) siguen representando una estupenda fuente de empleo estable, bien
remunerado. En un país con una tasa tan elevada de subempleo, precariedad e informalidad
laboral, tener un trabajo estable es un lujo. En este sentido, el “proyectorado” sigue vigente.
Aunque también hay que señalar que el gobierno del MAS está introduciendo algunas cambios
culturales para terminar con ese fenómeno. Por ejemplo, las tarifas de las consultorías de la
cooperación han bajado notablemente y se acercan más al estándar nacional. Pero son varias
generaciones de profesionales acostumbradas a hacer proyectos con fondos de ayuda
extranjera. Eso no se cambia en dos días, ni en una legislatura.
¿Cuál es el rol que deberían cumplir las ONG ante el escenario actual del país andino?
¿Mantienen un rol de actores políticos dentro del orden social?
Es una buena pregunta. Ojala se la planteen a fondo muchos responsables de ONG. En el
nuevo contexto nacional, con una agenda política más nítida y mayor dotación de recursos
públicos, la cooperación debería jugar un papel de acompañamiento. Volver a su papel natural:
cooperar. No definir, protagonizar ni inducir procesos, como hizo en el pasado. Hoy en día la
ayuda al desarrollo significa un 6% del PIB boliviano, frente a un 15% de la renta petrolera o un
6,5% de las remesas. Ése debe ser su lugar, ser una fuente complementaria de financiación
del desarrollo. Si la cooperación se somete a las políticas públicas y a la institucionalidad del
país, podría dar su mejor talla.
En cuanto a las ONG, deberían apoyar la inserción política, social y económica de los sectores
desfavorecidos. Es decir, campesinos, indígenas, trabajadores/as informales de zonas
periurbanas, desempleados/as, personas sin techo, sin tierra, y todos los otros colectivos
excluidos del sistema. Esa tarea cuenta con un gobierno sensible y favorable a las luchas de
los pobres, un gobierno con un discurso ambicioso pero que adolece también de capacidades
técnicas. Hacen falta técnicos comprometidos con el “proceso de cambio”. En este contexto,
las ONG deberían redefinir su rol estratégico y ponerse al servicio de las organizaciones
sociales.
Entrevista: Sol Ortega / Intermón Oxfam
Octubre de 2008
Espacio para mentes inquietas y corazones abiertos. Ante un sistema injusto e insostenible, es preferible mirar hacia delante, pensar, sentir y procurar Crear un Nuevo Paradigma desde lo pequeño, desde nuestras posibilidades hacia algo colectivo para todas y todos.
sábado, 27 de marzo de 2010
sábado, 20 de marzo de 2010
La Madre Tierra
El gran jefe de Washington nos comunica su deseo de adquirir nuestras tierras. Pero ¿cómo es posible comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? No podemos imaginarlo. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán comprarlas? Cada trozo de estas tierras es sagrado para mi pueblo, cada brillante aguja de pino, cada ribera arenosa, cada niebla en lo oscuro del bosque y hasta el zumbar de cada insecto son sagrados para la memoria y el sentimiento de mi pueblo. La savia que circula por los árboles lleva el recuerdo de los pieles rojas.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra natal cuando parten rumbo a las estrellas. En cambio, nuestros muertos nunca podrían olvidar esta generosa tierra, que es la madre de todos los pieles rojas. Somos parte de ella y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son hermanas nuestras; el venado, el caballo, el águila son hermanos nuestros. Los cerros escarpados, las praderas humedecidas por el roció, el calor del cuerpo del caballo y del hombre, todos somos una misma familia.
El Gran Jefe nos dice que a cambio de las tierras que le vendamos nos reserva otras donde podremos vivir en paz; él sería nuestro padre y nosotros sus hijos. Pero el deseo de comprar nuestras tierras se nos hace difícil de entender: estas tierras son sagradas para nosotros. Las cristalinas agua de ríos y arroyos no son solo agua son también la sangre de nuestros antepasados.
Si les vendemos nuestras tierras, tendrán que recordar que son sagradas y enseñar a sus hijos que lo son, que lo que se reflejen en sus aguas son los hechos y recuerdos de mi gente. Porque lo que murmura el agua son las palabras de mi padres. Porque los ríos , nuestros hermanos, sacian nuestra sed, llevan nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras tendrán que recordar que los ríos son hermanos nuestros (y de ustedes) y enseñar a sus hijos que lo son, y que hay que tratarlos como a hermanos.
Sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de pensar. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar y vender. Como si fueran objetos o cuentas de colores. Su voracidad destruirá a la tierra, dejando a sus espaldas el desierto.
No sé, pero nuestra manera de ser y de vivir es distinta a la de ustedes. Hasta la vista de sus ciudades es desagradable a los ojos del piel roja. Tal vez porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No hay un lugar apacible en la ciudad de los blancos, un sitio donde percibir el crecimiento de las hojas o escuchar el zumbido de los insectos. ¿Para qué sirve la vida si no podemos escuchar el canto de los pájaros ni el croar de las ranas? Nada es tan apreciado por el piel roja como el aire, ya que todos respiramos el mismo aire, compartimos el mismo aliento. El hombre blanco parece no entender eso.
Otra condición tendrá que aceptar el hombre blanco si decidimos venderle nuestras tierras: deberá tratar a los animales como hermanos. Yo, un salvaje, no comprendo la vida de otra manera. He visto miles de bisontes muertos a tiros por los blancos desde un tren en marcha y abandonados, estaban pudriéndose en las praderas. Como soy un salvaje, no alcanzo a comprender por que un humeante caballo de hierro puede ser mas importante que el bisonte, al que nosotros matamos solo para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos desaparecen también desaparecen los hombres.
Si les vendemos nuestras tierras, tendrán que enseñar a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros antepasados. Que la tierra ha sido regada con la sangre de sus semejantes. Que la tierra es nuestra madre. Que todo cuanto le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Que cuando los hombres escupen a la tierra se escupen a si mismos.
La tierra no pertenece al hombre sino el hombre a la tierra. Todo esta unido como una familia por la sangre. El hombre no tejió la tela de la vida, él es sólo un hilo. Sigan contaminando su lecho y una noche se asfixiaran en su propio desierto. Cuando los bisontes sean exterminados, los caballos salvajes domesticados, el follaje y la maleza habrán desaparecido, el águila se habrá ido. La vida dejara su lugar a la supervivencia.
Estas cosas escapan a nuestro entendimiento. Quizás podríamos comprenderlo si supiéramos cuales son los anhelos del hombre blanco, qué esperanzas trasmite a sus hijos en las largas noches de invierno, qué porvenir bulle en sus pensamientos. Pero somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos están vedados y no nos queda sino seguir nuestro propio camino.
Si llegamos a un acuerdo será para asegurar nuestra conservación; tal vez en la reserva que nos ha prometido podamos pasar el poco tiempo que nos queda. Cuando el piel roja desaparezca de estos lares y su recuerdo sólo sea la sombra de una nube sobre la pradera, el espíritu de mi gente seguirá impregnando esta tierra, a la que aman como ama el recién nacido los latidos del corazón de su madre. Si les vendemos estas tierras, ámenla como nosotros, desvélense por ellas como nosotros, manténganlas tal como se las entreguemos.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra natal cuando parten rumbo a las estrellas. En cambio, nuestros muertos nunca podrían olvidar esta generosa tierra, que es la madre de todos los pieles rojas. Somos parte de ella y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son hermanas nuestras; el venado, el caballo, el águila son hermanos nuestros. Los cerros escarpados, las praderas humedecidas por el roció, el calor del cuerpo del caballo y del hombre, todos somos una misma familia.
El Gran Jefe nos dice que a cambio de las tierras que le vendamos nos reserva otras donde podremos vivir en paz; él sería nuestro padre y nosotros sus hijos. Pero el deseo de comprar nuestras tierras se nos hace difícil de entender: estas tierras son sagradas para nosotros. Las cristalinas agua de ríos y arroyos no son solo agua son también la sangre de nuestros antepasados.
Si les vendemos nuestras tierras, tendrán que recordar que son sagradas y enseñar a sus hijos que lo son, que lo que se reflejen en sus aguas son los hechos y recuerdos de mi gente. Porque lo que murmura el agua son las palabras de mi padres. Porque los ríos , nuestros hermanos, sacian nuestra sed, llevan nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras tendrán que recordar que los ríos son hermanos nuestros (y de ustedes) y enseñar a sus hijos que lo son, y que hay que tratarlos como a hermanos.
Sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de pensar. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar y vender. Como si fueran objetos o cuentas de colores. Su voracidad destruirá a la tierra, dejando a sus espaldas el desierto.
No sé, pero nuestra manera de ser y de vivir es distinta a la de ustedes. Hasta la vista de sus ciudades es desagradable a los ojos del piel roja. Tal vez porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No hay un lugar apacible en la ciudad de los blancos, un sitio donde percibir el crecimiento de las hojas o escuchar el zumbido de los insectos. ¿Para qué sirve la vida si no podemos escuchar el canto de los pájaros ni el croar de las ranas? Nada es tan apreciado por el piel roja como el aire, ya que todos respiramos el mismo aire, compartimos el mismo aliento. El hombre blanco parece no entender eso.
Otra condición tendrá que aceptar el hombre blanco si decidimos venderle nuestras tierras: deberá tratar a los animales como hermanos. Yo, un salvaje, no comprendo la vida de otra manera. He visto miles de bisontes muertos a tiros por los blancos desde un tren en marcha y abandonados, estaban pudriéndose en las praderas. Como soy un salvaje, no alcanzo a comprender por que un humeante caballo de hierro puede ser mas importante que el bisonte, al que nosotros matamos solo para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos desaparecen también desaparecen los hombres.
Si les vendemos nuestras tierras, tendrán que enseñar a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros antepasados. Que la tierra ha sido regada con la sangre de sus semejantes. Que la tierra es nuestra madre. Que todo cuanto le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Que cuando los hombres escupen a la tierra se escupen a si mismos.
La tierra no pertenece al hombre sino el hombre a la tierra. Todo esta unido como una familia por la sangre. El hombre no tejió la tela de la vida, él es sólo un hilo. Sigan contaminando su lecho y una noche se asfixiaran en su propio desierto. Cuando los bisontes sean exterminados, los caballos salvajes domesticados, el follaje y la maleza habrán desaparecido, el águila se habrá ido. La vida dejara su lugar a la supervivencia.
Estas cosas escapan a nuestro entendimiento. Quizás podríamos comprenderlo si supiéramos cuales son los anhelos del hombre blanco, qué esperanzas trasmite a sus hijos en las largas noches de invierno, qué porvenir bulle en sus pensamientos. Pero somos salvajes, los sueños del hombre blanco nos están vedados y no nos queda sino seguir nuestro propio camino.
Si llegamos a un acuerdo será para asegurar nuestra conservación; tal vez en la reserva que nos ha prometido podamos pasar el poco tiempo que nos queda. Cuando el piel roja desaparezca de estos lares y su recuerdo sólo sea la sombra de una nube sobre la pradera, el espíritu de mi gente seguirá impregnando esta tierra, a la que aman como ama el recién nacido los latidos del corazón de su madre. Si les vendemos estas tierras, ámenla como nosotros, desvélense por ellas como nosotros, manténganlas tal como se las entreguemos.
sábado, 13 de marzo de 2010
Trabajos y tiempos analizados con una perspectiva feminista
El estudio de la organización y distribución de los tiempos y trabajos en nuestra sociedad exige adoptar una perspectiva que trascienda la mirada masculina habitual y recupere la experiencia femenina de la vida cotidiana y el cuidado de las personas. La experiencia vivida históricamente por mujeres y hombres en relación con el trabajo ha sido absolutamente distinta. Los ciclos de vida de unas y otros han transcurrido por caminos muy diferentes, asumiendo distintas actividades y responsabilidades. Sin embargo, la conceptualización que habitualmente se maneja del tiempo y del trabajo ha estado elaborada desde una cultura patriarcal que ha ocultado las actividades desarrolladas por las mujeres; valorando sólo la actividad socialmente asignada a los hombres: el trabajo de mercado. El resultado ha sido la identificación de trabajo con empleo.
Ahora bien, para satisfacer las necesidades humanas se requieren distintos tipos de trabajos, siendo el más relevante el llamado trabajo doméstico y de cuidados realizado sin remuneración desde los hogares y que tiene que ver básicamente con el cuidado directo de las personas. Pero, la ceguera histórica de la academia y la política ha impedido visibilizar esta actividad y situarla como pieza central de todo el entramado que significa el complejo proceso de reproducción social; a pesar de que desde hace tres décadas, desde el feminismo y el movimiento de mujeres, se ha venido recuperando la experiencia de las mujeres en la vida cotidiana.
En los años sesenta se comienza a debatir la invisibilidad del trabajo doméstico y su papel determinante en la reproducción de la fuerza de trabajo. Posteriormente, después de un largo recorrido conceptual, emerge el “trabajo de cuidados” como la actividad que da respuesta a nuestras dependencias y vulnerabilidad. De forma más reciente y ligada a la idea del trabajo de cuidados, se acuña el concepto más amplio de sostenibilidad de la vida; proceso que hace referencia no sólo a la posibilidad de que la vida continúe, sino a que se desarrolle en condiciones de humanidad. [1]
El objetivo de estas líneas es realizar un breve repaso de este itinerario inacabado que ha llevado a establecer una fuerte ruptura conceptual y un cambio de perspectiva con las formas habituales de analizar los tiempos y los trabajos.
Del trabajo al empleo
Una rápida mirada hacia el pasado nos permite observar que a lo largo de la historia de la humanidad se han desarrollado formas de trabajo absolutamente diversas, bajo distintos marcos sociales, con distintos niveles tecnológicos, realizadas por distintos miembros del hogar, dentro o fuera del ámbito doméstico y con o sin remuneración. De estos distintos tipos de trabajo el que históricamente ha ocupado más tiempo y el que siempre ha acompañado al resto de los trabajos, es el que podríamos denominar en términos genéricos “de subsistencia” y que hoy llamaríamos “doméstico y de cuidados”. Una actividad realizada dentro de grupos reducidos de personas y destinado a satisfacer las necesidades del grupo, su supervivencia y reproducción.
Sin embargo, desde los procesos de industrialización, el concepto de trabajo será secuestrado por la ideología productivista de las sociedades industriales, estableciéndose una identificación entre trabajo y empleo (o autoempleo). A este proceso no son ajenos los pensadores clásicos. [2] La teoría del valor trabajo iniciada por Adam Smith –y continuada posteriormente por David Ricardo y Carlos Marx– según la cual el trabajo (industrial) es la fuente de valor, le dará una gran centralidad al concepto, lo cual facilitará la asociación simbólica entre trabajo y trabajo asalariado. [3] Así, una actividad que constituye un fenómeno minoritario, tanto en tiempo histórico –menos de tres siglos– como en el tiempo que ocupa en relación a otros trabajos [4] hoy se nos presenta como la única que respondería al término de trabajo. De esta manera, la idea de trabajo en sentido amplio –anterior a la industrialización y al capitalismo– como actividad transistémica que se desarrolla de manera continua y que forma parte de la naturaleza humana, queda empobrecida al remitirse o tener como referente la producción asalariada.
Algunas autoras han planteado que el trabajo mercantil ha devaluado la actividad realizada tradicionalmente destinada a la subsistencia y cuidado de la vida al eliminar la relación humana que llevaba incorporada. La monetarización del trabajo distorsionaría su reconocimiento como actividad cuya finalidad es la calidad de la vida humana; convirtiéndolo en una actividad que sólo proporciona dinero para disponer de capacidad de consumo. De aquí, el empleo sería un “trabajo empobrecido”. [5]
En cualquier caso, el resultado ha sido que, desde los pensadores clásicos, las distintas escuelas de economía –aunque con diferencias entre ellas– se han caracterizado siempre por excluir de sus cuadros analíticos los procesos de reproducción social y los trabajos absolutamente necesarios para la sostenibilidad de la vida humana o para la cohesión social, centrándose exclusivamente en el estudio de la producción de mercado. Así, desde los orígenes de las sociedades industriales, el empleo ha sido concebido como la actividad central de la vida, determinando los horarios, las jornadas y la vida de las personas.
La visibilización del trabajo doméstico
Las discusiones en torno al trabajo doméstico –aunque con antecedentes más tempranos– se inician en los años setenta. Lo significativo de aquellos primeros debates fue el intento de valorar la actividad desarrollada en los hogares utilizando las categorías que Marx había construido como propias del trabajo asalariado. Se argumentaba que el trabajo realizado en el hogar respondía a la noción de trabajo ya que: requería de tiempo y energía para poder realizarse (de aquí, que se le podía asignar un coste de oportunidad); formaba parte de la división del trabajo (las aportaciones de mujeres y hombres al hogar eran diferentes) y producía bienes y servicios (comida, limpieza) separables de la persona que los realizaba, es decir, podían ser producidos en el mercado aunque bajo otras relaciones de producción. [6] Se pretendía que las actividades “invisibles” de las mujeres se reconocieran como “trabajo” pero en referencia a un concepto preestablecido de trabajo asalariado masculino importado desde el mercado para ser utilizado en el hogar. [7] De esta manera, no se estaba estableciendo una definición propia del trabajo doméstico, sino que las tareas que se realizan en el hogar se reflejaban en otra actividad que previamente se había definido y reconocido como trabajo: el trabajo mercantil.
El reconocimiento paulatino de las distintas actividades que comprendía la actividad desarrollada desde los hogares, generó una discusión paralela sobre el término adecuado para designarla. El término “trabajo doméstico”, que remitía a una idea de actividades tradicionales (lavar, coser, cocinar, planchar…) realizadas en el hogar, fue sistemáticamente sustituido por diversas palabras para nombrarlo. Se fueron acuñando distintos términos: trabajo de reproducción, trabajo familiar doméstico, trabajo no remunerado; lo cual era un indicador de que ninguno de los términos utilizados era totalmente satisfactorio. En cualquier caso, no se trataba naturalmente de un problema puramente semántico, sino que en el fondo estaba el interés de delimitar las actividades que comprendía el concepto. A esta situación no era ajeno un debate que estaba en la sociedad: la valoración (en términos monetarios) del trabajo familiar doméstico. Lo cual exigía especificar qué actividades debían considerarse trabajo doméstico y, por tanto, ser susceptibles de medición y valoración. Temática que remitía nuevamente al trabajo asalariado.
Un punto de inflexión: del trabajo doméstico al trabajo de cuidados
En este contexto, el análisis cada vez más profundo del contenido de las actividades desarrolladas en el hogar, permitió destacar algunas características propias de dicha actividad no comparables con las de mercado. Emergen, por una parte, cualificaciones y capacidades específicas de las mujeres desarrolladas en el interior del hogar (no reconocidas oficialmente) y, por otra, formas de organizar y estructurar la vida y el trabajo que otorgan a las mujeres una identidad distinta a la masculina. [8] En definitiva, se trataba de un trabajo diferente, cuyo objetivo era el cuidado de la vida y el bienestar de las personas del hogar. Desde esta nueva perspectiva, las mujeres no son ya personas secundarias y dependientes sino personas activas, actoras de su propia historia, creadoras de culturas y valores del trabajo distintos a los del modelo masculino. [9]
De forma paulatina y natural, el “cuidado” (traducción imprecisa del inglés care) comenzó a emerger como un aspecto central del trabajo doméstico, como la dimensión fundamental que lo alejaba del trabajo asalariado. El “trabajo doméstico” –que incluye las actividades de cuidados– se presentaba en esta nueva perspectiva no como un conjunto de tareas que se pueden catalogar, sino más bien como un conjunto de necesidades que hay que satisfacer . [10]
La identificación de los aspectos subjetivos del trabajo doméstico –que tienen que ver directamente con los cuidados, la calidad de vida y el bienestar– planteó cada vez más la necesidad de valorar esta actividad por sí misma, de reconocerla como el trabajo fundamental para el buen desarrollo de la vida humana. Esto representaba un cambio de paradigma: el eje central de la sociedad y, por tanto, del análisis debería ser la actividad compleja realizada en el hogar, que permite a las personas crecer, desarrollarse y mantenerse como tales. [11]
Este cambio de perspectiva que sitúa al trabajo doméstico y de cuidados como objetivo central, no es ninguna tontería. Está cuestionando los fundamentos del análisis social y económico habitual que toma como referente exclusivo el trabajo de mercado.
La ruptura con los enfoques tradicionales permitió visibilizar un proceso esencial para la subsistencia del sistema capitalista: la necesidad que tiene la producción de mercado del trabajo no remunerado. Este último es un elemento central en la reproducción humana, pero también en la reproducción de la fuerza de trabajo. La producción capitalista no tiene capacidad ni posibilidades de reproducir bajo sus propias relaciones de producción la fuerza de trabajo que necesita. La reproducción diaria, pero sobre todo la generacional, requiere una enorme cantidad de tiempo y energías que el sistema no podría remunerar. Pero, además, el mercado no puede sustituir los complejos procesos de crianza y socialización que implican afectos, emociones, seguridades, etc. y que permiten que las personas se desarrollen como tales. Sólo la enorme cantidad de trabajo doméstico y de cuidados que se está realizando hace posible que el sistema económico pueda seguir funcionando . [12] De esta manera, la economía del cuidado sostiene el entramado de la vida social humana, ajusta las tensiones entre los diversos sectores de la economía y, como resultado, se constituye en la base del edificio económico. [13]
Finalmente, otro aspecto del cuidado que ha obligado a nuevas conceptualizaciones es su carácter universal, en el sentido de que las personas somos vulnerables y, por tanto, dependientes. La dependencia e s una característica humana que cambia a lo largo del ciclo vital; es un concepto polifacético que integra dependencias físicas, fisiológicas, emocionales, etc.; que nos afecta a todos y todas. Sin embargo, el concepto de dependencia que habitualmente se utiliza es una versión restringida que se ha reducido a las personas ancianas o con alguna minusvalía, sin considerar que la dependencia es inherente a la condición humana como el nacimiento y la muerte. [14]
Ahora bien, a pesar de la universalidad de la dependencia y el cuidado, la gestión y realización de este último –asunto complejo y que genera mucha tensión– se ha invisibilizado y trasladado al ámbito de la negociación privada de los hogares, donde las mujeres tienen un poder de negociación mucho más frágil. [15] Dejar el trabajo de cuidados en manos de las mujeres es una de las principales fuentes de desigualdades entre mujeres y hombres y una de las razones de la pobreza específica de las mujeres. Como ha señalado Martha Nussbaum, [16] «Sólo en sociedades donde los trabajos de cuidados no estén determinados por sexo, género, raza, o cualquier otra categoría social, entonces puede tener sentido el ideal de igualdad o justicia social... Toda sociedad ofrece y requiere cuidados y, por tanto, debe organizarlos de tal manera de dar repuesta a las dependencias y necesidades humanas manteniendo el respeto por las personas que lo necesitan y sin explotar a las que están actuando de cuidadoras».
Tiempo medido, tiempo reloj
En economía, los estudios del tiempo al igual que los del trabajo han estado delimitados por las fronteras que identifican lo económico con lo mercantil, centrándose en los análisis de la organización y el control de los tiempos en la producción industrial capitalista. La llamada eficiencia económica aparece estrechamente vinculada a un conjunto de procesos de racionalización y de “ahorro” de tiempo. El tiempo se considera un “recurso escaso” con características de homogeneidad, que permite reducir su tratamiento a términos de simple cantidad. El tiempo se convierte así en algo cronometrable, en tiempo-reloj, un tiempo objetivo medible en unidades físicas.
Torns, siguiendo a Elias, plantea que el tiempo, en nuestra cultura occidental, es una construcción sociocultural que se ha convertido en algo natural e invisible, donde sólo se considera su dimensión física y cronometrable. [17] «De esta manera se ha olvidado, primero, que el calendario y el reloj son convenciones humanas. Y, segundo, que el tiempo es algo mucho más complejo que el simple horario»… sin embargo, se ha impuesto «un uso horario del tiempo como medida equivalente entre tiempo de trabajo (jornada laboral) y precio (salario)». [18] Esto conecta nuevamente con la teoría del valor trabajo y la preferencia de los pensadores clásicos por un concepto de trabajo mensurable que les permitiera analizar el salario en relación al tiempo de trabajo realizado.
Ahora bien, el problema de fondo es que este tiempo medido , centrado en el tiempo de trabajo mercantil , transformado en nuestras sociedades industrializadas en tiempo dinero, preside el resto de los tiempos bajo una organización productivista y masculina. Como resultado, desde el desarrollo de la industria son los horarios y las jornadas laborales las que han organizado la vida de las personas, obligando al resto de los tiempos necesarios (de cuidados, de ocio, etc.) a ajustarse a las exigencias de la producción industrial. Y, así, bajo esta lógica, se han difuminado las dimensiones más cualitativas del tiempo, aquellas más propias de la experiencia femenina ligadas al ciclo de vida y el correspondiente cuidado de las personas. [19]
Tiempo vivido, tiempo donado
Han sido los enfoques de género interdisciplinares los que en las últimas décadas han desarrollado otras formas de aproximación al estudio del tiempo. Utilizando un marco de análisis más amplio –que incluye lo no monetario– se recupera un tiempo no mercantilizado, habitualmente invisibilizado por caer fuera de las relaciones de empleo. En este aspecto, hay que señalar las aportaciones pioneras de autoras italianas como Laura Balbo [20] o Franca Bimbi y Vitorio Capecchi [21] que en los años ochenta reclaman una revisión del concepto de tiempo que integre sus dimensiones cualitativas y permita así visualizar mejor las desigualdades entre mujeres y hombres. También de estos años hay que destacar el debate realizado en Italia –y que trascendió posteriormente a otros países europeos– alrededor del anteproyecto de ley conocido bajo el lema “las mujeres cambian los tiempos”.
Desde esta nueva visión, se plantea que no todo el tiempo es dinero, no todas las relaciones humanas están mediatizadas por el tiempo mercantilizado, no todos los tiempos son homogéneos ni todo el tiempo de trabajo es remunerado. Se comienzan a estudiar los llamados “tiempos generadores de la reproducción” que consideran los tiempos que caen fuera de la hegemonía de los tiempos mercantilizados y que incluyen tiempos necesarios para la vida: cuidados, afectos, mantenimiento, gestión y administración doméstica, relaciones, ocio, etc.; que más que tiempo medido y pagado, son tiempo vivido, donado y generado, con un componente difícilmente cuantificable y, por tanto, no traducible en dinero. [22] Estas nuevas perspectivas sobre el tiempo han puesto de manifiesto las relaciones de poder y la desigualdad de género que se esconden detrás de la forma mercantil de valorar el tiempo. De hecho, se está denunciando que no considerar las distintas acepciones del tiempo y resaltar sólo la dimensión cuantificable, es una manifestación más de la desigualdad entre mujeres y hombres. [23]
Sostenibilidad de la vida
Esta nueva mirada que va destacando cada vez más la relevancia del trabajo de cuidados como aspecto central relacionado con la reproducción y el mantenimiento de la vida, lleva a acuñar el concepto de sostenibilidad de la vida humana. Concepto que representa un proceso histórico de reproducción social, un proceso complejo, dinámico y multidimensional de satisfacción de necesidades en continua adaptación de las identidades individuales y las relaciones sociales, un proceso que debe ser continuamente reconstruido, que requiere de recursos materiales pero también de contextos y relaciones de cuidado y afecto, proporcionados estos en gran medida por el trabajo no remunerado realizado en los hogares. [24] Un concepto que permite dar cuenta de la profunda relación entre lo económico y lo social, que sitúa a la economía desde una perspectiva diferente, que considera la estrecha interrelación entre las diversas dimensiones de la dependencia y, en definitiva, que plantea como prioridad las condiciones de vida de las personas, mujeres y hombres.
La idea de sostenibilidad humana está íntimamente ligada a la de un concepto más amplio de sostenibilidad que incluye también las dimensiones social y ecológica. Entendemos sostenibilidad «como proceso que no sólo hace referencia a la posibilidad real de que la vida continúe –en términos humanos, sociales y ecológicos–, sino a que dicho proceso signifique desarrollar condiciones de vida, estándares de vida o calidad de vida aceptables para toda la población. Sostenibilidad que supone pues una relación armónica entre humanidad y naturaleza, y entre humanas y humanos. En consecuencia, será imposible hablar de sostenibilidad si no va acompañada de equidad». [25]
Epílogo
La recuperación de los tiempos y trabajos desde la experiencia de las mujeres está planteando un cambio de paradigma, una nueva perspectiva que desplace la centralidad del mercado hacia el ámbito del cuidado de la vida, que visibilice las distintas dimensiones de los tiempos, que tome como eje la vida cotidiana y la calidad de vida de las personas y no la obtención de beneficios de las empresas, que apueste en definitiva por el bienestar –como elemento multidimensional– de mujeres y hombres. En este sentido, el sector público tiene un papel importante. La forma en que se diseñen e implementen las políticas públicas y las normativas dirigidas a la empresa privada, cómo se otorguen las transferencias monetarias, cómo se configuren los sistemas de protección social, estará configurando una organización específica de distribución del tiempo y del espacio, de utilización de los recursos públicos y privados. La importancia de un enfoque que trasciende la economía de mercado y se centra en la sostenibilidad de la vida es que pone a la Administración Pública en relación directa con los estándares de vida de la población, dando valor y recuperando la experiencia de las mujeres. [26]
Cristina Carrasco es profesora de teoría económica en la Universidad de Barcelona
Ahora bien, para satisfacer las necesidades humanas se requieren distintos tipos de trabajos, siendo el más relevante el llamado trabajo doméstico y de cuidados realizado sin remuneración desde los hogares y que tiene que ver básicamente con el cuidado directo de las personas. Pero, la ceguera histórica de la academia y la política ha impedido visibilizar esta actividad y situarla como pieza central de todo el entramado que significa el complejo proceso de reproducción social; a pesar de que desde hace tres décadas, desde el feminismo y el movimiento de mujeres, se ha venido recuperando la experiencia de las mujeres en la vida cotidiana.
En los años sesenta se comienza a debatir la invisibilidad del trabajo doméstico y su papel determinante en la reproducción de la fuerza de trabajo. Posteriormente, después de un largo recorrido conceptual, emerge el “trabajo de cuidados” como la actividad que da respuesta a nuestras dependencias y vulnerabilidad. De forma más reciente y ligada a la idea del trabajo de cuidados, se acuña el concepto más amplio de sostenibilidad de la vida; proceso que hace referencia no sólo a la posibilidad de que la vida continúe, sino a que se desarrolle en condiciones de humanidad. [1]
El objetivo de estas líneas es realizar un breve repaso de este itinerario inacabado que ha llevado a establecer una fuerte ruptura conceptual y un cambio de perspectiva con las formas habituales de analizar los tiempos y los trabajos.
Del trabajo al empleo
Una rápida mirada hacia el pasado nos permite observar que a lo largo de la historia de la humanidad se han desarrollado formas de trabajo absolutamente diversas, bajo distintos marcos sociales, con distintos niveles tecnológicos, realizadas por distintos miembros del hogar, dentro o fuera del ámbito doméstico y con o sin remuneración. De estos distintos tipos de trabajo el que históricamente ha ocupado más tiempo y el que siempre ha acompañado al resto de los trabajos, es el que podríamos denominar en términos genéricos “de subsistencia” y que hoy llamaríamos “doméstico y de cuidados”. Una actividad realizada dentro de grupos reducidos de personas y destinado a satisfacer las necesidades del grupo, su supervivencia y reproducción.
Sin embargo, desde los procesos de industrialización, el concepto de trabajo será secuestrado por la ideología productivista de las sociedades industriales, estableciéndose una identificación entre trabajo y empleo (o autoempleo). A este proceso no son ajenos los pensadores clásicos. [2] La teoría del valor trabajo iniciada por Adam Smith –y continuada posteriormente por David Ricardo y Carlos Marx– según la cual el trabajo (industrial) es la fuente de valor, le dará una gran centralidad al concepto, lo cual facilitará la asociación simbólica entre trabajo y trabajo asalariado. [3] Así, una actividad que constituye un fenómeno minoritario, tanto en tiempo histórico –menos de tres siglos– como en el tiempo que ocupa en relación a otros trabajos [4] hoy se nos presenta como la única que respondería al término de trabajo. De esta manera, la idea de trabajo en sentido amplio –anterior a la industrialización y al capitalismo– como actividad transistémica que se desarrolla de manera continua y que forma parte de la naturaleza humana, queda empobrecida al remitirse o tener como referente la producción asalariada.
Algunas autoras han planteado que el trabajo mercantil ha devaluado la actividad realizada tradicionalmente destinada a la subsistencia y cuidado de la vida al eliminar la relación humana que llevaba incorporada. La monetarización del trabajo distorsionaría su reconocimiento como actividad cuya finalidad es la calidad de la vida humana; convirtiéndolo en una actividad que sólo proporciona dinero para disponer de capacidad de consumo. De aquí, el empleo sería un “trabajo empobrecido”. [5]
En cualquier caso, el resultado ha sido que, desde los pensadores clásicos, las distintas escuelas de economía –aunque con diferencias entre ellas– se han caracterizado siempre por excluir de sus cuadros analíticos los procesos de reproducción social y los trabajos absolutamente necesarios para la sostenibilidad de la vida humana o para la cohesión social, centrándose exclusivamente en el estudio de la producción de mercado. Así, desde los orígenes de las sociedades industriales, el empleo ha sido concebido como la actividad central de la vida, determinando los horarios, las jornadas y la vida de las personas.
La visibilización del trabajo doméstico
Las discusiones en torno al trabajo doméstico –aunque con antecedentes más tempranos– se inician en los años setenta. Lo significativo de aquellos primeros debates fue el intento de valorar la actividad desarrollada en los hogares utilizando las categorías que Marx había construido como propias del trabajo asalariado. Se argumentaba que el trabajo realizado en el hogar respondía a la noción de trabajo ya que: requería de tiempo y energía para poder realizarse (de aquí, que se le podía asignar un coste de oportunidad); formaba parte de la división del trabajo (las aportaciones de mujeres y hombres al hogar eran diferentes) y producía bienes y servicios (comida, limpieza) separables de la persona que los realizaba, es decir, podían ser producidos en el mercado aunque bajo otras relaciones de producción. [6] Se pretendía que las actividades “invisibles” de las mujeres se reconocieran como “trabajo” pero en referencia a un concepto preestablecido de trabajo asalariado masculino importado desde el mercado para ser utilizado en el hogar. [7] De esta manera, no se estaba estableciendo una definición propia del trabajo doméstico, sino que las tareas que se realizan en el hogar se reflejaban en otra actividad que previamente se había definido y reconocido como trabajo: el trabajo mercantil.
El reconocimiento paulatino de las distintas actividades que comprendía la actividad desarrollada desde los hogares, generó una discusión paralela sobre el término adecuado para designarla. El término “trabajo doméstico”, que remitía a una idea de actividades tradicionales (lavar, coser, cocinar, planchar…) realizadas en el hogar, fue sistemáticamente sustituido por diversas palabras para nombrarlo. Se fueron acuñando distintos términos: trabajo de reproducción, trabajo familiar doméstico, trabajo no remunerado; lo cual era un indicador de que ninguno de los términos utilizados era totalmente satisfactorio. En cualquier caso, no se trataba naturalmente de un problema puramente semántico, sino que en el fondo estaba el interés de delimitar las actividades que comprendía el concepto. A esta situación no era ajeno un debate que estaba en la sociedad: la valoración (en términos monetarios) del trabajo familiar doméstico. Lo cual exigía especificar qué actividades debían considerarse trabajo doméstico y, por tanto, ser susceptibles de medición y valoración. Temática que remitía nuevamente al trabajo asalariado.
Un punto de inflexión: del trabajo doméstico al trabajo de cuidados
En este contexto, el análisis cada vez más profundo del contenido de las actividades desarrolladas en el hogar, permitió destacar algunas características propias de dicha actividad no comparables con las de mercado. Emergen, por una parte, cualificaciones y capacidades específicas de las mujeres desarrolladas en el interior del hogar (no reconocidas oficialmente) y, por otra, formas de organizar y estructurar la vida y el trabajo que otorgan a las mujeres una identidad distinta a la masculina. [8] En definitiva, se trataba de un trabajo diferente, cuyo objetivo era el cuidado de la vida y el bienestar de las personas del hogar. Desde esta nueva perspectiva, las mujeres no son ya personas secundarias y dependientes sino personas activas, actoras de su propia historia, creadoras de culturas y valores del trabajo distintos a los del modelo masculino. [9]
De forma paulatina y natural, el “cuidado” (traducción imprecisa del inglés care) comenzó a emerger como un aspecto central del trabajo doméstico, como la dimensión fundamental que lo alejaba del trabajo asalariado. El “trabajo doméstico” –que incluye las actividades de cuidados– se presentaba en esta nueva perspectiva no como un conjunto de tareas que se pueden catalogar, sino más bien como un conjunto de necesidades que hay que satisfacer . [10]
La identificación de los aspectos subjetivos del trabajo doméstico –que tienen que ver directamente con los cuidados, la calidad de vida y el bienestar– planteó cada vez más la necesidad de valorar esta actividad por sí misma, de reconocerla como el trabajo fundamental para el buen desarrollo de la vida humana. Esto representaba un cambio de paradigma: el eje central de la sociedad y, por tanto, del análisis debería ser la actividad compleja realizada en el hogar, que permite a las personas crecer, desarrollarse y mantenerse como tales. [11]
Este cambio de perspectiva que sitúa al trabajo doméstico y de cuidados como objetivo central, no es ninguna tontería. Está cuestionando los fundamentos del análisis social y económico habitual que toma como referente exclusivo el trabajo de mercado.
La ruptura con los enfoques tradicionales permitió visibilizar un proceso esencial para la subsistencia del sistema capitalista: la necesidad que tiene la producción de mercado del trabajo no remunerado. Este último es un elemento central en la reproducción humana, pero también en la reproducción de la fuerza de trabajo. La producción capitalista no tiene capacidad ni posibilidades de reproducir bajo sus propias relaciones de producción la fuerza de trabajo que necesita. La reproducción diaria, pero sobre todo la generacional, requiere una enorme cantidad de tiempo y energías que el sistema no podría remunerar. Pero, además, el mercado no puede sustituir los complejos procesos de crianza y socialización que implican afectos, emociones, seguridades, etc. y que permiten que las personas se desarrollen como tales. Sólo la enorme cantidad de trabajo doméstico y de cuidados que se está realizando hace posible que el sistema económico pueda seguir funcionando . [12] De esta manera, la economía del cuidado sostiene el entramado de la vida social humana, ajusta las tensiones entre los diversos sectores de la economía y, como resultado, se constituye en la base del edificio económico. [13]
Finalmente, otro aspecto del cuidado que ha obligado a nuevas conceptualizaciones es su carácter universal, en el sentido de que las personas somos vulnerables y, por tanto, dependientes. La dependencia e s una característica humana que cambia a lo largo del ciclo vital; es un concepto polifacético que integra dependencias físicas, fisiológicas, emocionales, etc.; que nos afecta a todos y todas. Sin embargo, el concepto de dependencia que habitualmente se utiliza es una versión restringida que se ha reducido a las personas ancianas o con alguna minusvalía, sin considerar que la dependencia es inherente a la condición humana como el nacimiento y la muerte. [14]
Ahora bien, a pesar de la universalidad de la dependencia y el cuidado, la gestión y realización de este último –asunto complejo y que genera mucha tensión– se ha invisibilizado y trasladado al ámbito de la negociación privada de los hogares, donde las mujeres tienen un poder de negociación mucho más frágil. [15] Dejar el trabajo de cuidados en manos de las mujeres es una de las principales fuentes de desigualdades entre mujeres y hombres y una de las razones de la pobreza específica de las mujeres. Como ha señalado Martha Nussbaum, [16] «Sólo en sociedades donde los trabajos de cuidados no estén determinados por sexo, género, raza, o cualquier otra categoría social, entonces puede tener sentido el ideal de igualdad o justicia social... Toda sociedad ofrece y requiere cuidados y, por tanto, debe organizarlos de tal manera de dar repuesta a las dependencias y necesidades humanas manteniendo el respeto por las personas que lo necesitan y sin explotar a las que están actuando de cuidadoras».
Tiempo medido, tiempo reloj
En economía, los estudios del tiempo al igual que los del trabajo han estado delimitados por las fronteras que identifican lo económico con lo mercantil, centrándose en los análisis de la organización y el control de los tiempos en la producción industrial capitalista. La llamada eficiencia económica aparece estrechamente vinculada a un conjunto de procesos de racionalización y de “ahorro” de tiempo. El tiempo se considera un “recurso escaso” con características de homogeneidad, que permite reducir su tratamiento a términos de simple cantidad. El tiempo se convierte así en algo cronometrable, en tiempo-reloj, un tiempo objetivo medible en unidades físicas.
Torns, siguiendo a Elias, plantea que el tiempo, en nuestra cultura occidental, es una construcción sociocultural que se ha convertido en algo natural e invisible, donde sólo se considera su dimensión física y cronometrable. [17] «De esta manera se ha olvidado, primero, que el calendario y el reloj son convenciones humanas. Y, segundo, que el tiempo es algo mucho más complejo que el simple horario»… sin embargo, se ha impuesto «un uso horario del tiempo como medida equivalente entre tiempo de trabajo (jornada laboral) y precio (salario)». [18] Esto conecta nuevamente con la teoría del valor trabajo y la preferencia de los pensadores clásicos por un concepto de trabajo mensurable que les permitiera analizar el salario en relación al tiempo de trabajo realizado.
Ahora bien, el problema de fondo es que este tiempo medido , centrado en el tiempo de trabajo mercantil , transformado en nuestras sociedades industrializadas en tiempo dinero, preside el resto de los tiempos bajo una organización productivista y masculina. Como resultado, desde el desarrollo de la industria son los horarios y las jornadas laborales las que han organizado la vida de las personas, obligando al resto de los tiempos necesarios (de cuidados, de ocio, etc.) a ajustarse a las exigencias de la producción industrial. Y, así, bajo esta lógica, se han difuminado las dimensiones más cualitativas del tiempo, aquellas más propias de la experiencia femenina ligadas al ciclo de vida y el correspondiente cuidado de las personas. [19]
Tiempo vivido, tiempo donado
Han sido los enfoques de género interdisciplinares los que en las últimas décadas han desarrollado otras formas de aproximación al estudio del tiempo. Utilizando un marco de análisis más amplio –que incluye lo no monetario– se recupera un tiempo no mercantilizado, habitualmente invisibilizado por caer fuera de las relaciones de empleo. En este aspecto, hay que señalar las aportaciones pioneras de autoras italianas como Laura Balbo [20] o Franca Bimbi y Vitorio Capecchi [21] que en los años ochenta reclaman una revisión del concepto de tiempo que integre sus dimensiones cualitativas y permita así visualizar mejor las desigualdades entre mujeres y hombres. También de estos años hay que destacar el debate realizado en Italia –y que trascendió posteriormente a otros países europeos– alrededor del anteproyecto de ley conocido bajo el lema “las mujeres cambian los tiempos”.
Desde esta nueva visión, se plantea que no todo el tiempo es dinero, no todas las relaciones humanas están mediatizadas por el tiempo mercantilizado, no todos los tiempos son homogéneos ni todo el tiempo de trabajo es remunerado. Se comienzan a estudiar los llamados “tiempos generadores de la reproducción” que consideran los tiempos que caen fuera de la hegemonía de los tiempos mercantilizados y que incluyen tiempos necesarios para la vida: cuidados, afectos, mantenimiento, gestión y administración doméstica, relaciones, ocio, etc.; que más que tiempo medido y pagado, son tiempo vivido, donado y generado, con un componente difícilmente cuantificable y, por tanto, no traducible en dinero. [22] Estas nuevas perspectivas sobre el tiempo han puesto de manifiesto las relaciones de poder y la desigualdad de género que se esconden detrás de la forma mercantil de valorar el tiempo. De hecho, se está denunciando que no considerar las distintas acepciones del tiempo y resaltar sólo la dimensión cuantificable, es una manifestación más de la desigualdad entre mujeres y hombres. [23]
Sostenibilidad de la vida
Esta nueva mirada que va destacando cada vez más la relevancia del trabajo de cuidados como aspecto central relacionado con la reproducción y el mantenimiento de la vida, lleva a acuñar el concepto de sostenibilidad de la vida humana. Concepto que representa un proceso histórico de reproducción social, un proceso complejo, dinámico y multidimensional de satisfacción de necesidades en continua adaptación de las identidades individuales y las relaciones sociales, un proceso que debe ser continuamente reconstruido, que requiere de recursos materiales pero también de contextos y relaciones de cuidado y afecto, proporcionados estos en gran medida por el trabajo no remunerado realizado en los hogares. [24] Un concepto que permite dar cuenta de la profunda relación entre lo económico y lo social, que sitúa a la economía desde una perspectiva diferente, que considera la estrecha interrelación entre las diversas dimensiones de la dependencia y, en definitiva, que plantea como prioridad las condiciones de vida de las personas, mujeres y hombres.
La idea de sostenibilidad humana está íntimamente ligada a la de un concepto más amplio de sostenibilidad que incluye también las dimensiones social y ecológica. Entendemos sostenibilidad «como proceso que no sólo hace referencia a la posibilidad real de que la vida continúe –en términos humanos, sociales y ecológicos–, sino a que dicho proceso signifique desarrollar condiciones de vida, estándares de vida o calidad de vida aceptables para toda la población. Sostenibilidad que supone pues una relación armónica entre humanidad y naturaleza, y entre humanas y humanos. En consecuencia, será imposible hablar de sostenibilidad si no va acompañada de equidad». [25]
Epílogo
La recuperación de los tiempos y trabajos desde la experiencia de las mujeres está planteando un cambio de paradigma, una nueva perspectiva que desplace la centralidad del mercado hacia el ámbito del cuidado de la vida, que visibilice las distintas dimensiones de los tiempos, que tome como eje la vida cotidiana y la calidad de vida de las personas y no la obtención de beneficios de las empresas, que apueste en definitiva por el bienestar –como elemento multidimensional– de mujeres y hombres. En este sentido, el sector público tiene un papel importante. La forma en que se diseñen e implementen las políticas públicas y las normativas dirigidas a la empresa privada, cómo se otorguen las transferencias monetarias, cómo se configuren los sistemas de protección social, estará configurando una organización específica de distribución del tiempo y del espacio, de utilización de los recursos públicos y privados. La importancia de un enfoque que trasciende la economía de mercado y se centra en la sostenibilidad de la vida es que pone a la Administración Pública en relación directa con los estándares de vida de la población, dando valor y recuperando la experiencia de las mujeres. [26]
Cristina Carrasco es profesora de teoría económica en la Universidad de Barcelona
Milton Friedman no salvò a Chile
8 Marzo 2010
Naomi Klein – The Nation
Desde que la desregulación causó un desastre económico mundial en septiembre de 2008 y todo el mundo se ha vuelto otra vez keynesiano, no ha sido fácil oficiar de seguidor fanático del difunto economista Milton Friedman. Tan generalmente desacreditada está su variedad de fundamentalismo de libre mercado que sus admiradores están cada vez más desesperados por reivindicar victorias ideológicas, por exageradas que sean.
Viene al caso un ejemplo especialmente desagradable. Justo dos días después de que un demoledor terremoto golpeara Chile, Bret Stephens, columnista del Wall Street Journal informaba a sus lectores [1] de que “el espíritu de Milton Friedman aleteaba protector sobre Chile”, puesto que “gracias en buena medida a él, el país ha resistido una tragedia que, si no, habría resultado un apocalipsis (…) No por azar vivían los chilenos en casas de ladrillo – y los haitianos en casas de paja – cuando llegó el lobo intentando derribarlas de un soplido”.
De acuerdo con Stephens, las medidas radicales de libre mercado prescritas al dictador chileno Augusto Pinochet por Milton Friedman y sus infames ”Chicago Boys” constituyen la razón por la que Chile es una nación próspera que dispone “de códigos de edificación que se encuentran entre los más estrictos del mundo”.
Hay un problema realmente de bulto con esta teoría: el código moderno de edificación sísmica en Chile, redactado para resistir terremotos, se adoptó en 1972. La fecha es enormemente significativa, dado que se trata de un año antes de que Pinochet tomara al poder mediante un sangriento golpe de Estado respaldado por los Estados Unidos. Eso quiere decir que si hay alguien a quien atribuir el mérito de esa ley no es a Friedman, ni a Pinochet, sino a Salvador Allende, el presidente socialista chileno democráticamente elegido (lo cierto es que hay que agradecérselo a muchos chilenos, puesto que las leyes respondían a una historia llena de terremotos, y las primeras disposiciones se adoptaron en la década de 1930).
Parece significativo, empero, que la ley se promulgara aun en medio de un agobiante embargo económico (“que rechine la economía”, gruñó, según es fama, Richard Nixon cuando ganó Allende las elecciones de 1970). El código se actualizó en los años 90, bastante después de que Pinochet y los Chicago Boys abandonasen finalmente el poder y retornase la democracia.
Poco sorprenderá que, como apunta Paul Krugman, [2] que Friedman fuera ambivalente respecto a los códigos de edificación, pues los considera otra violación más de la libertad capitalista.
Por lo que se refiere al argumento de que las medidas friedmanianas son la razón por las que los chilenos viven en ”casas de ladrillo” en vez de ”paja”, queda claro que Stephens no sabe nada del Chile anterior al golpe. El Chile de los años 60 gozaba del mejor sistema sanitario y educativo del continente, además de disponer de un efervescente sector industrial y una clase media en rápido crecimiento. Los chilenos creían en su Estado, razón por la cual eligieron a Allende para ampliar aún más ese proyecto.
Tras el golpe y la muerte de Allende, Pinochet y sus Chicago Boys hicieron todo lo que pudieron para desmantelar la esfera pública chilena, subastando las empresas del Estado y reduciendo las regulaciones financieras y comerciales. Se creó una enorme riqueza en este periodo, pero a un precio terrible: para principios de los 80, las medidas de Pinochet recomendadas por Friedman habían provocado una rápida desindustrialización, multiplicando el desempleo por diez y creando una explosión de barrios de chabolas claramente inestables. Llevaron también a una crisis de corrupción y deuda tan grave que en 1982 Pinochet se vio forzado a despedir a los asesores de los Chicago Boys y nacionalizar varias de las instituciones financieras desreguladas (¿les suena familiar?).
Afortunadamente, los Chicago Boys no lograron destruir todo lo logrado por Allende. La empresa nacional del cobre, Codelco, continuó en manos del Estado, insuflando riqueza a las arcas públicas e impidiendo que los Chicago Boys hicieran entrar la economía de Chile en un rápido y completo declive. Tampoco lograron deshacerse del riguroso código de edificación de Chile, un descuido ideológico por el que debemos dar todos las gracias.
Con mi agradecimiento al CEPR [3] por investigar los orígenes del código de edificación chileno.
Notas del traductor:
[1] “How Milton Friedman Saved Chile”, Wall Street Journal, 1 de marzo de 2010. El artículo comienza así: ”Milton Friedman murió hace más de tres años. Pero seguramente su espíritu aleteaba protector sobre Chile en las primeras horas del sábado. Gracias en buena medida a él, el país ha resistido una tragedia que, si no, habría resultado un apocalipsis”. El artículo de Klein, aparte de glosar literalmente las afirmaciones de Stephens, tiene aun más de respuesta que de ataque, pues contiene menciones de Klein como: ”En la mitología de la izquierda, — sobre todo en “The Shock Doctrine”, tedioso tocho de 2007 de Naomi Klein —, los Chicago Boys no sólo eran extranjeros compañeros de cama de la dictadura de Pinochet. Eran cómplices de sus crímenes”.[2] Paul Krugman, “Fantasies of the Chicago Boys”, The New York Times, 3 de marzo de 2010: “Friedman no era exactamente amigo de esos códigos (…) los consideraba una forma de gasto público, puesto que ‘imponen costes en los que uno no querría incurrir privadamente’ “.[3] El Center for Economic and Policy Research, fundado por Mark Weisbrot y Dean Baker, presencia habitual en SinPermiso.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón.
Naomi Klein – The Nation
Desde que la desregulación causó un desastre económico mundial en septiembre de 2008 y todo el mundo se ha vuelto otra vez keynesiano, no ha sido fácil oficiar de seguidor fanático del difunto economista Milton Friedman. Tan generalmente desacreditada está su variedad de fundamentalismo de libre mercado que sus admiradores están cada vez más desesperados por reivindicar victorias ideológicas, por exageradas que sean.
Viene al caso un ejemplo especialmente desagradable. Justo dos días después de que un demoledor terremoto golpeara Chile, Bret Stephens, columnista del Wall Street Journal informaba a sus lectores [1] de que “el espíritu de Milton Friedman aleteaba protector sobre Chile”, puesto que “gracias en buena medida a él, el país ha resistido una tragedia que, si no, habría resultado un apocalipsis (…) No por azar vivían los chilenos en casas de ladrillo – y los haitianos en casas de paja – cuando llegó el lobo intentando derribarlas de un soplido”.
De acuerdo con Stephens, las medidas radicales de libre mercado prescritas al dictador chileno Augusto Pinochet por Milton Friedman y sus infames ”Chicago Boys” constituyen la razón por la que Chile es una nación próspera que dispone “de códigos de edificación que se encuentran entre los más estrictos del mundo”.
Hay un problema realmente de bulto con esta teoría: el código moderno de edificación sísmica en Chile, redactado para resistir terremotos, se adoptó en 1972. La fecha es enormemente significativa, dado que se trata de un año antes de que Pinochet tomara al poder mediante un sangriento golpe de Estado respaldado por los Estados Unidos. Eso quiere decir que si hay alguien a quien atribuir el mérito de esa ley no es a Friedman, ni a Pinochet, sino a Salvador Allende, el presidente socialista chileno democráticamente elegido (lo cierto es que hay que agradecérselo a muchos chilenos, puesto que las leyes respondían a una historia llena de terremotos, y las primeras disposiciones se adoptaron en la década de 1930).
Parece significativo, empero, que la ley se promulgara aun en medio de un agobiante embargo económico (“que rechine la economía”, gruñó, según es fama, Richard Nixon cuando ganó Allende las elecciones de 1970). El código se actualizó en los años 90, bastante después de que Pinochet y los Chicago Boys abandonasen finalmente el poder y retornase la democracia.
Poco sorprenderá que, como apunta Paul Krugman, [2] que Friedman fuera ambivalente respecto a los códigos de edificación, pues los considera otra violación más de la libertad capitalista.
Por lo que se refiere al argumento de que las medidas friedmanianas son la razón por las que los chilenos viven en ”casas de ladrillo” en vez de ”paja”, queda claro que Stephens no sabe nada del Chile anterior al golpe. El Chile de los años 60 gozaba del mejor sistema sanitario y educativo del continente, además de disponer de un efervescente sector industrial y una clase media en rápido crecimiento. Los chilenos creían en su Estado, razón por la cual eligieron a Allende para ampliar aún más ese proyecto.
Tras el golpe y la muerte de Allende, Pinochet y sus Chicago Boys hicieron todo lo que pudieron para desmantelar la esfera pública chilena, subastando las empresas del Estado y reduciendo las regulaciones financieras y comerciales. Se creó una enorme riqueza en este periodo, pero a un precio terrible: para principios de los 80, las medidas de Pinochet recomendadas por Friedman habían provocado una rápida desindustrialización, multiplicando el desempleo por diez y creando una explosión de barrios de chabolas claramente inestables. Llevaron también a una crisis de corrupción y deuda tan grave que en 1982 Pinochet se vio forzado a despedir a los asesores de los Chicago Boys y nacionalizar varias de las instituciones financieras desreguladas (¿les suena familiar?).
Afortunadamente, los Chicago Boys no lograron destruir todo lo logrado por Allende. La empresa nacional del cobre, Codelco, continuó en manos del Estado, insuflando riqueza a las arcas públicas e impidiendo que los Chicago Boys hicieran entrar la economía de Chile en un rápido y completo declive. Tampoco lograron deshacerse del riguroso código de edificación de Chile, un descuido ideológico por el que debemos dar todos las gracias.
Con mi agradecimiento al CEPR [3] por investigar los orígenes del código de edificación chileno.
Notas del traductor:
[1] “How Milton Friedman Saved Chile”, Wall Street Journal, 1 de marzo de 2010. El artículo comienza así: ”Milton Friedman murió hace más de tres años. Pero seguramente su espíritu aleteaba protector sobre Chile en las primeras horas del sábado. Gracias en buena medida a él, el país ha resistido una tragedia que, si no, habría resultado un apocalipsis”. El artículo de Klein, aparte de glosar literalmente las afirmaciones de Stephens, tiene aun más de respuesta que de ataque, pues contiene menciones de Klein como: ”En la mitología de la izquierda, — sobre todo en “The Shock Doctrine”, tedioso tocho de 2007 de Naomi Klein —, los Chicago Boys no sólo eran extranjeros compañeros de cama de la dictadura de Pinochet. Eran cómplices de sus crímenes”.[2] Paul Krugman, “Fantasies of the Chicago Boys”, The New York Times, 3 de marzo de 2010: “Friedman no era exactamente amigo de esos códigos (…) los consideraba una forma de gasto público, puesto que ‘imponen costes en los que uno no querría incurrir privadamente’ “.[3] El Center for Economic and Policy Research, fundado por Mark Weisbrot y Dean Baker, presencia habitual en SinPermiso.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón.
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