sábado, 27 de marzo de 2010

Sobre el papal de las ONG's en los paìses empobrecidos

Antonio Rodríguez-Carmona: “Pocas ONG se atreven a cuestionar su rol en el desarrollo de los países pobres”
Rodríguez-Carmona es doctor en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad
Complutense de Madrid. Ha dedicado gran parte de su trayectoria profesional a la cooperación
al desarrollo en Bolivia, como coordinador de proyectos de ONG, investigador, consultor y
evaluador. Es autor de El proyectorado, donde sostiene que la concesión de ayuda, la
principal respuesta del Norte al problema de la pobreza en el Sur, ha socavado la
institucionalidad de los países empobrecidos agudizando su dependencia externa. Y pone a
Bolivia como mejor ejemplo para ilustrar este fenómeno.
Cuéntenos un poco sobre la génesis del libro: ¿cómo nació la idea de hacer un libro
sobre la cooperación para el desarrollo en Bolivia? ¿Cómo surgió esta relación tan
estrecha con el país latinoamericano?
La idea surgió tras más de ocho años como cooperante en Bolivia, un periodo en el que el país
cambió radicalmente. Cuando llegué, estaba en el poder Hugo Banzer. Luego, tras la Guerra
del Gas, en octubre de 2003, asumió Carlos Mesa. Finalmente, Evo Morales ganó las
elecciones de 2005. En todos esos años, me fue cambiando la mirada. Fui viendo cosas que, al
principio, no percibía. Por ejemplo, la estructura social de las comunidades, la lógica de la
reciprocidad andina, la dignidad que subyace en muchas muestras de pobreza.
Empecé también a ser más consciente del papel que la cooperación desempeñaba realmente
en el país, de los errores repetidos una y mil veces, de los proyectos convertidos en “elefantes
blancos”, de los informes que rinden cuentas de actividades realizadas pero no son capaces de
probar resultados reales, de la montaña de cosas que no se cuentan.
Y tuve la sensación de que los proyectos de cooperación eran no más “parches”, que no
arreglan los problemas de fondo, pero mantienen todo un sistema de pegas (empleos) de
coordinadores, contables, técnicos de campo, evaluadores, consultores. El cooperante
extranjero goza además de múltiples privilegios en Bolivia en medio de la pobreza. Al final, uno
se pregunta: ¿Quién es el principal “beneficiario” de la ayuda? ¿Ellos o nosotros? Inevitable
compartir estas inquietudes con los colegas de profesión.
Cuando estalló la Guerra del Gas en octubre de 2003, participé en las marchas como un vecino
más de Sopocachi, el barrio donde vivía en La Paz. Salimos a la calle para protestar por la
represión del gobierno de Sánchez de Lozada, por los más de sesenta muertos, y sentí que,
por primera vez, estaba haciendo algo de verdad por cambiar las injusticias estructurales del
país. Es decir, el problema de la pobreza es un asunto más bien político y no tan técnico como
creí al llegar en 1998. Entonces, ¿cuál debería ser el papel de la cooperación? Creo que el
libro sistematiza muchas de esas charlas y reflexiones compartidas con varios compañeros en
La Paz.
En su libro afirma que la ayuda para el desarrollo fomentó la dependencia y una
gobernabilidad débil en Bolivia hasta mediados de esta década. ¿Percibe una autocrítica
de las ONG al respecto?
Creo que las ONG y los cooperantes son conscientes de las enormes limitaciones que tiene su
trabajo. Todos. Lo que varía es la actitud ante esa realidad y la capacidad de autocrítica. Hay
chavales jóvenes que llegan con buenas intenciones y cometen errores sin darse cuenta. Hay
veteranos que saben mucho y aprovechan el margen para apoyar procesos interesantes.
Pero también hay cooperantes prepotentes que refugian su inseguridad en el poder formal del
marco lógico. Nunca reconocerán sus errores. Otros trabajan como mercenarios, saltando de
un país a otro, sin un compromiso con la realidad. Cuando pasan los años y ves con tus ojos
que la cooperación no cambia las cosas, es muy fácil caer en el conformismo o incluso en
cinismo.
Hay de todo, pero predomina un tipo de cooperante-funcionario, que prefiere no hacerse
demasiadas preguntas. Porque si uno se cuestiona las cosas, se plantea seriamente dejar la
cooperación.
A nivel institucional, las ONG tienen aún menos margen de autocrítica. Criticar el sistema de la
cooperación significa cuestionar la máquina de hacer proyectos y apalancar fondos para
subsistir. Más madera, como dirían los hermanos Marx. Son pocas las ONG que tienen la
valentía de cuestionar su rol en el desarrollo de los países pobres, o de plantear relaciones
horizontales con sus contrapartes. De reconocer, por ejemplo, que han sustituido al Estado en
la prestación de servicios básicos. O que han creado estructuras paralelas que deterioraron los
gobiernos municipales.
Más fácil resulta defender el discurso de que, gracias a ellas, las poblaciones rurales y
marginales cuentan con agua potable o posta sanitaria. ¿Pero qué pasa cuando el proyecto se
va? ¿Por qué nunca se cuenta esa parte? Si no hay institucionalidad pública del Estado,
¿cómo se mantienen? El poder de las ONG reside en la intermediación, y no es tan fácil
ponerse al servicio de las necesidades y procesos de las instituciones locales. Creo que
muchas ONG están atrapadas en la trampa de la supervivencia. Por no decir la mayoría. No
hay que olvidar que el proceso de cambio ha sido protagonizado en Bolivia por los movimientos
sociales. Las ONG han ido a remolque del proceso.
En su libro se desprende que el trabajo de las ONG ha sido muy funcional a los
gobiernos neoliberales anteriores a Morales, ¿Cuál cree que es la percepción que tiene
el gobierno actual sobre la labor de las ONG en Bolivia?
Desde que Evo Morales llegó al poder, la relación del país con la cooperación ha cambiado. El
discurso anti-neoliberal y descolonizador del Movimiento al Socialismo (MAS) sumió en el
temor y la incertidumbre a muchas agencias de cooperación bilateral ¿Afectaba ese discurso
también a las ONG? ¿Eran las ONG parte del problema o parte de la solución a la pobreza?
Hubo un debate muy intenso en el seno del gobierno entre partidarios y detractores de las
ONG.
Al final, triunfó la vía pragmática que las consideró organizaciones que podían ser también
instrumentalizadas, reconducidas, por el proceso de cambio. De hecho, varios de los miembros
del actual gabinete proceden de CEJIS, una ONG especializada en temas de tierra y territorio.
Pero no se puede hablar de las ONG como un todo. Las ONG que desempeñan un trabajo
político de acompañamiento de movimientos sociales han tenido un papel importante con este
gobierno, en temas como asamblea constituyente, tierra y territorio, defensa de recursos
naturales (hidrocarburos, agua, bosques, biodiversidad), organizaciones indígenas. Las ONG
vinculadas a fondos norteamericanos que han apoyado un trabajo de oposición ideológica,
fortaleciendo los intereses políticos de los dirigentes de la Media Luna, han sido muy
cuestionadas por el gobierno e incluso expulsadas de sus áreas de intervención. Ahí están los
dos extremos.
¿Y cuál es la percepción actual de la sociedad civil boliviana sobre las ONG?
Lo primero que habría que preguntarse es qué es sociedad civil. Tengo la sensación de que no
es un concepto que se use en Bolivia. Si hablamos mejor de movimientos sociales, ellos ven a
las ONG como un mal necesario. Una importante fuente de ingresos, capaz de cooptar a
líderes o de convertirlos en funcionarios desligados de las bases. De algún modo, eso ha
podido pasar en organizaciones como la Central de Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) o
la Comisión de Integración de Organizaciones Económicas Campesinas de Bolivia (CIOEC-B),
entre otras. Siguen cumpliendo un rol político, pero sus estructuras se han “oenegizado”.
Si hablamos de sociedad civil desde la óptica de la clase media, entonces las ONG (y a la
cooperación en general) siguen representando una estupenda fuente de empleo estable, bien
remunerado. En un país con una tasa tan elevada de subempleo, precariedad e informalidad
laboral, tener un trabajo estable es un lujo. En este sentido, el “proyectorado” sigue vigente.
Aunque también hay que señalar que el gobierno del MAS está introduciendo algunas cambios
culturales para terminar con ese fenómeno. Por ejemplo, las tarifas de las consultorías de la
cooperación han bajado notablemente y se acercan más al estándar nacional. Pero son varias
generaciones de profesionales acostumbradas a hacer proyectos con fondos de ayuda
extranjera. Eso no se cambia en dos días, ni en una legislatura.
¿Cuál es el rol que deberían cumplir las ONG ante el escenario actual del país andino?
¿Mantienen un rol de actores políticos dentro del orden social?
Es una buena pregunta. Ojala se la planteen a fondo muchos responsables de ONG. En el
nuevo contexto nacional, con una agenda política más nítida y mayor dotación de recursos
públicos, la cooperación debería jugar un papel de acompañamiento. Volver a su papel natural:
cooperar. No definir, protagonizar ni inducir procesos, como hizo en el pasado. Hoy en día la
ayuda al desarrollo significa un 6% del PIB boliviano, frente a un 15% de la renta petrolera o un
6,5% de las remesas. Ése debe ser su lugar, ser una fuente complementaria de financiación
del desarrollo. Si la cooperación se somete a las políticas públicas y a la institucionalidad del
país, podría dar su mejor talla.
En cuanto a las ONG, deberían apoyar la inserción política, social y económica de los sectores
desfavorecidos. Es decir, campesinos, indígenas, trabajadores/as informales de zonas
periurbanas, desempleados/as, personas sin techo, sin tierra, y todos los otros colectivos
excluidos del sistema. Esa tarea cuenta con un gobierno sensible y favorable a las luchas de
los pobres, un gobierno con un discurso ambicioso pero que adolece también de capacidades
técnicas. Hacen falta técnicos comprometidos con el “proceso de cambio”. En este contexto,
las ONG deberían redefinir su rol estratégico y ponerse al servicio de las organizaciones
sociales.
Entrevista: Sol Ortega / Intermón Oxfam
Octubre de 2008

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