Las instituciones internacionales, tanto el FMI como el BM, siguen un discurso que no refleja las necesidades de las personas. Es más, probablemente los postdesarrollistas tengan una lectura muy acertada de la realidad, al descubrir las relaciones de poder que subyacen sobre determinados modelos de desarrollo. Sin embargo, es fundamental en una época como la actual, en la que existe una contracción espacio-temporal de la que ya es prácticamente imposible desconectarse (a pesar de Samir Amin propugne la desconexión frente a la globalización), tener una alternativa seria frente al discurso dominante neoliberal. Y en el panorama académico actual parece que únicamente tenemos un concepto potente a día de hoy y ese es el del desarrollo humano.
Si bien es cierto, que el PNUD se ha apropiado del paradigma de desarrollo humano, éste no puede quedar reducido a los Informes que esta agencia elabora o a lo que la misma dictamina. Si realmente queremos que sea una propuesta transformadora ha de estar abierta a todos los agentes sociales y a las personas, sin quedar reducido al indicador del IDH.
Por todo ello, tiene sentido luchar contra la pobreza, siendo muy cautos con el desarrollo. Uno de los aspectos moralmente más despreciable es precisamente que una ideología cuya función es la de impedir o dificultar la disminución de la pobreza, finalmente pueda generar nuevas relaciones de poder e implantar modelos erróneos que perpetúen el sistema socioeconómico que precisamente crea esas situaciones de desigualdad e inseguridad.
Es cierto que en determinados contextos, el incremento de las oportunidades de la gente pasa por la ampliación de las capacidades productivas y la dotación de medios materiales para las personas, pero esta dimensión económica del desarrollo siempre ha de ir acompañada por un proceso participativo de las personas que son las protagonistas de cualquier proyecto de cooperación. Sin embargo, muchas veces los fines se confunden con los medios, a pesar de que en la teoría no haya ninguna duda al respecto.
Tal y como afirma José María Tortosa, la reivindicación de un nuevo concepto de desarrollo, aplicable a unas y otras sociedades, debería acompañarse de cambios profundos en la distribución mundial del poder y de los recursos. En este sentido, el único lugar en el que todavía pueden discutirse los asuntos relacionados con el poder es el Estado, siendo la pobreza más una cuestión de decisiones sobre la organización de la sociedad y no tanto un problema monetarizado o de producción de bienes.
En definitiva, el modelo de desarrollo humano, a pesar de sus posibles carencias, puede servir de modelo potente para servir de medida de presión a efectos de conseguir una forma de organización socioeconómica más justa, lo que es aplicable tanto a una escala local, como global.
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